Cuentos - La Espera

Estaba nervioso, alterado; más que nunca. Sus ojos, antaño fuertes y altivos, ahora eran débiles y caían hacia abajo, en signo de rendición. Las irregulares líneas rojas que circulaban en el blanco de los ojos eran otro signo de su alcoholismo y drogadicción.

Cabizabajo, miraba los pies de todos los que estaban en la sala, mas cuando se movían él enfocaba a otro lado con rapidez. Estaba cansado y alterado. Sus ropas estaban sucias y húmedas, pegadas al sudor de su cuerpo, pues sudaba; y mucho. Nervioso, estaba nervioso.

Se le cayeron las gafas al suelo y él bajó una mano para cogerlas. Según descendía temblaba. Al darse cuenta de que era observado, cogió las gafas por las patillas rápidamente. Las elevó a la altura de los ojos, pero se le resbalaron y volvieron a caer. Se volvió a agachar, y vio que había una señora acuclillada, que tomó sus gafas. Levantó la cabeza y se las ofreció.

Gritó con toda su fuerza y se echó para atrás. Los ojos que aún no le miraban ahora le tenían como único objetivo. La señora tenía heridas en el rostro, antaño bello, y en los brazos. El vestido, ni demasiado ancho ni demasiado prieto, tenía agujeros. Cualquier tercera persona se habría sorprendido de ver aquella escena. De pie, una mujer herida, seguramente por maltratos, cediendo las gafas a un hombre, sentado en un banco, con los pies sobre él, temblando completamente.

Ella le dejó las gafas al lado y volvió a la silla en la que estaba sentada antes, leyendo un periódico. El hombre miró las gafas y acercó la mano para cogerlas, pero de nuevo notó que el pulso le fallaba. Retiró la mano y siguió temblando.

En su nerviosismo, se mordió la lengua. Gritó de dolor, y al abrir la boca un hilillo de sangre cayó manchándole la barbilla. Buscó en su bolsillo un pañuelo de papel y con mal pulso se limpió el líquido. Fue a guardarlo de nuevo, pero se le cayó al suelo.

Una puerta de la comisaría se abrió, y un policía entró en la sala de espera. Un hombre se le acercó, le cogió de las mangas y tironeó hacia abajo, mientras caía de rodillas. En su desesperación, gemía "La he matado, policía, la he matado".

Sent by Natrik el Montaraz Sent by Natrik el Montaraz on 06/05/2004 at 19:45 GMT | read 118 times
Comments

Supongo que en vez de reendición es rendición, te aviso para que lo cambies. Creo que vendría mejor alcoholismo que alcolemia. Está bien el relato pero creo que repites demasiado la conjunción y. Me gusta como trasmites el nerviosismo del personaje. Un saludo

Comentario Sent by RodneyJC on 06/06/2004 at 08:45 GMT
Sent comment










 Enter bellow the text in the image.