Cuentos - La mudanza

1

Quiero aprender a mirar cómo pasa el tiempo.
Nieve, Maxence Fermine

La noche del treinta y uno de abril su lectura le condujo de nuevo a la habitación con ordenador portátil, impresora y teléfono donde había empezado todo. Para Amador la historia volvía a ser memoria, otra vez. Pero eso pasó hacia finales de abril. Para entonces todo en su vida se había precipitado de manera casual y definitiva.

Estaba agotado. Eran ya demasiados días. Sentado en el sofá contemplaba con languidez y desesperación como se iban llevando los muebles del comedor. Se mudaba a una casa adosada a las afueras de la ciudad y había querido llevárselo todo consigo, incluso aquellos artilugios que nunca había utilizado. Aquella misma mañana había llegado el camión de las mudanzas. Todo empezaba ser definitivo. El aire que respiraba era definitivo y su marcha era también definitiva. Ya no cabía vuelta atrás. Los hombres de la mudanza, enfundados en monos de color gris piedra, iban bajando todas sus cosas. Acababa de hablar con su madre por teléfono, pero ella no sabía nada de nada, ni tan solo recordaba algo así. Era como si su pasado se lo hubiera tragado aquella mudanza.
Paula, su novia, ya había llevado sus enseres a la casa que iban a compartir. Ahora se encargaba de dirigir su evacuación. Daba órdenes a los hombres de gris de manera contundente, sin vuelta atrás. Era una chica ordenada y precisa, sabia en aquellas lides como un cirujano, de movimientos felinos y de maneras muy pulidas. Mientras Amador se ahogaba en la desesperación, en el anhelo de encontrar una pista, un resquicio que le hablase, que le digese dónde la había puesto.

Hacía una semana que había empezado a embalar en cajas. Cada cosa en su caja correspondiente. Todo iba muy bien hasta que le llegó el turno a su despacho. Empezó por embalar las litografías, las fotografía de cuando fue joven y la reproducción El nacimiento de Venus de Sandro Bottichelli. Ese cuello siempre lo había subyugado. Siempre... Luego pasó la vista por los libro y empezó en riguroso y estricto orden. Primero las enciclopedias, luego los diccionarios, las monografías, las novelas y por último las libretas donde tomaba sus notas.
Seguir su estricto orden y la precisión de su embalado le llevaron largas horas del último domingo antes de la mudanza. Al finalizar la tarde solo había conseguido embalar las enciclopedias y los diccionarios. Todo parecía estar en absoluto orden. Llamó a Paula y quedaron para cenar algo en el restaurante italiano de siempre. Un buen Lambrusco lo arregla todo, se dijo.
Mientras cenaban repasaba en silencio todo lo que todavía le quedaba por hacer. Se sentía cansado y trataba de escuchar una conmovedora historia que Paula le estaba contando sobre lo mal que lo había pasado en todas sus mudanzas. Era hija de militar. A ratos era entretenido. Cuando llegaron los postres le comentó su intención rotunda de llevárselo todo con él, porque no había peor sensación que la de olvidar algo en alguna parte. Fue entonces cuando recordó que no había vuelto a ver su manuscrito, porque ya no estaba entre sus libretas....

2

Se trataba de una libreta, antigua y roma, donde hacia largo tiempo había escrito un historia bajo un seudónimo tan largo y tan ampuloso como su incierta edad le dio a entender.
Pensó en cómo había llegado hasta sus manos otra vez. Si no hubiera sido por la mudanza la libreta hubiera seguido sepultada bajo cientos de revistas y papeles que hablaban de literatura. Era el destino. Con el tacto de la libreta entre las manos vinieron a su memoria las tardes de verano de otros tiempos dedicadas a la lectura. A esas lecturas tercas, acaloradas y turbias, que poco a poco y al amor de muchos nombres, fueron dándole forma como hombre, fueron haciéndole ocultar sus primeras palabras, sus primeras frases, sus primeros mensajes por todos los rincones de su habitación, de su mundo. Eran botellas que el adolescente de hoy lanzaba desesperado y caótico al mar del hombre de mañana, diciéndole cómo era, qué sentía y quién llegó a ser. Pero esa lucha del adolescente naufrago suele ser inútil, porque siempre acaba sucumbiendo al olvido.
En su tapa desgastada por los años aparecía escrito con su propia letra:

Algún día volveremos a estar juntos.
por
Malian de Diostu

Te estaba esperando. Así empezaba aquel manuscrito y Amador quedó asombrado. Sintió como si un hombre, al que él ya no recordaba, se las hubiera dicho al oído. Hacia años que su rutinaria lectura no le llegaba de esa manera tan extraña, porque aquellas palabras estaban escritas para él.

Y empezó a leer la noche del treinta y uno de abril...

3

Te estaba esperando. Soy Malian de Diostu o M. de Diostu como tú últimamente me llamas. Seguramente ya no recordarás quién soy, ni quién fui para ti, por eso quiero refrescarte la memoria, ahora que la vida ha llegado.
Nací en 1.938 en una ciudad de provincias cerca de Zaragoza y me diste muerte en los Campos de Montiel un 31 de abril de 1.973 recitando a Gerard de Nerval -recuerdas todavía El desdichado- mientras bebía una copa de absenta, tal vez soñando con la Gruta donde se bañaba la sirena. Aunque sobre mi muerte, nunca te decidiste. Personalmente, siempre he preferido morir en los Campos de Montiel antes que en un sanatorio, por muy Virgen de los Desamparados que sea, que suicidarme con una pistola de cachas de marfil o que morir de fiebres víricas en algún puerto del Sudeste Asiático.
Fui aragonés, escéptico, sentimental y poeta. Realice un único viaje a París, ¡Oh París!, de donde regresaría para encerrarme en un pueblo perdido de La Mancha. Mi obra, aquella que no fue pasto de las llamas como la de Kafka, se limita a un relato El correo de Madrid, algunos poemarios La Bella Belerma y Las noches de Montesinos y una única novela, La mentira más bella jamás contada, donde cuento la triste historia de un pianista de burdel, El jardín, por más señas, amigo mío. Por último escribí esto para ti.
Ahora estoy yo solo, pero ya no tengo la soledad que necesito, tú soledad. Quisiera estar solo como antes, cuando las palabras tenían magia y vértigo y cuando el precipicio de escribir era algo absoluto.
No hay absoluto. Estoy rígido, acartonado. Vivo en una dimensión lineal y blanca, en el espacio que se nos reserva a todos los idealistas. La realidad es un espacio y un tiempo que nos está vedado, allí nuestra resistencia se rescrebraja y nuestra respiración palidece poco a poco, hasta que nos ahogamos. Sólo me queda mi propia historia, tú historia. Seguir siendo un escritor maldito de rasgos duros y agriados por la desgracia, el alcohol y el amor mal encaminado. Mi fin es realizar un breve viaje en tren, donde entre el traqueteo y el paisaje en fuga constante, agonizaré en un asiento. Será mi último viaje. Durante el trayecto y mientras la agonía me hunda en un extraño sopor, me veré caminar descalzo, con los zapatos negros en una mano, por una larga playa. En esa playa me espera la mujer que yo siempre he amado. Pero de pronto, todo se hará negro y llegará la soledad para acartonar mi cuerpo y mis dos manos.
Todo será distancia. Mis zapatos negros no caminarán más y mis manos no escribirán jamás el nombre de ella en las noches de rabia y alcohol. La muerte ha entrado en mi como el sueño en la mujer casada.
Viviré entre líneas y entre ellas realizaré esta vida que tu me has dado, siempre igual y nunca la misma. Porque después del final siempre se augura el principio en otra primera página. Ahora soy libre de ti...

Y siguió leyendo página tras página con pequeñas pausas causadas por la nostalgia. Empezó a recordar, a reconocerse entre las palabras, que alguien parecía reescribir constantemente como en busca del vértigo que produce el sonido puro en la peripecia que precipita a lo personajes.

4

Sólo faltaba por bajar los libros de su despacho. Los hombres de la mudanza se tomaron un respiro mientras Amador, en un último y deseperado intento, volvió a mirar cajas, cajas y cajas. Pero la libreta no aparecía
Cuando nada más quedaban las paredes mondas Paula le ayudo a echar un último vistazo. Nada de nada. Tenía la cabeza hecha ciscos de tanto pensar en dónde la había puesto, pero sólo quedaban las brumas que le había dejado la lectura de la noche del treinta y uno de abril.
Paula y Amador se dirigieron hacia la puerta de salida. Paula lo cogía de la mano y Amador se dejaba llevar como resignado, porque sabía que ella estaba ahí, en alguna parte de entre aquellas cuatro paredes. Y con ella se quedaba para siempre Malian de Diostu y sus historias.
Cerró la puerta y cerro los ojos, no quiso ver como una parte de su pasado permanecía allí, encerrada en la noche de su lectura, de su vida, y perdida para siempre en la peripecia de una mudanza, la mudanza de la vida.
- Adiós Malian -dijo Amador.

Sent by M. de Diostu Sent by M. de Diostu on 03/06/2004 at 11:20 GMT | read 120 times
Comments

Me ha gustado, hay frases muy buenas en el cuento. Recomendable para leer en cualquier momento, aunque sea trenta y uno de abril, ventinueve de febrero o tercer jueves de la semana.

Comentario Sent by marti on 09/06/2004 at 12:36 GMT
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